México DF
“…Con todo y los horrores de la megalópolis, lo mejor ocurre tras los muros de las casas y los edificios. Allí tejen sus vidas unas gentes amables, herederos de una cultura, de unos sabores únicos, de una disposición de colores propia. Gente que hace de México un país, una huella inconfundible. Algo con lo que los venezolanos soñamos ardidos en fiebre: una identidad nacional, un destino común, una patria”.
Rafael Arráiz Lucca
Hace poco más de un mes que regresé de México DF y todavía siento que estoy en esa burbuja de colores y sabores únicos. Es como cuando agitas uno de esos souvenirs que guardan una sorpresa bajo la nieve falsa: sólo puedes ver lo que esconde con claridad poco después de que cesa el movimiento. Cuando la “nieve” cae, se asienta, todo se ve más nítido a través del plástico.
No es fácil digerir tanta ciudad, tanta gente compartiendo un mismo espacio, tanta historia remota y reciente separada por una calle, acaso por un muro. No es posible formar parte de esos 25 millones de corazones que laten bajo un mismo cielo sin pensar que en el espacio que ocupa esa megalópolis -la más grande de nuestro maltratado planeta, después de Tokio- cabemos todos los venezolanos, sin exclusiones.
La puerta se cerró (abrió) detrás de ti…
Llegamos al DF mexicano después de las 11:00pm con el cansancio de todo un día de viaje (varias colas en Caracas –2 horas de trocha–3 horas de antelación en el aeropuerto–2 y media horas de vuelo hasta Panamá–1 hora de trasbordo–3 horas y pico hasta el DF– trámites de inmigración y aduana requeridos) ¡Uf, pero finalmente llegamos! Junto a la emoción del arribo también aumentaba la ansiedad al recordar lo que varias veces me dijeron antes de salir de Caracas: “Mosca, que esa es una ciudad súper peligrosa”; “No sueltes a Alejandra ni un minuto que allí hay muchos secuestros de niños”; “No tomes taxis que no sean de línea porque es muy peligroso” y un largo etcétera que me hacía pensar que todos esos “consejos” venían de gente que creía que yo vivía en la apacible Viena y no en la malquerida Caracas cuyas cifras de asaltos, robos, secuestros express y demás lindezas del malandraje nacional harían palidecer al más valiente. Claro, cuando estás en tu patio sabes más o menos por dónde meterte aunque eso no garantice para nada tu seguridad. En fin. No me platiques más…
Pero lo cierto es que el aeropuerto de ciudad de México -que es tan grande como corresponde a una ciudad de semejantes dimensiones- está diseñado de modo tal que parece muy manejable o al menos eso sentí gracias a un ángel de la guarda mexicano que la Virgen de Coromoto vestida de Guadalupe, tuvo a bien sentar en el mismo avión que nosotras sólo para hacer más tranquila nuestra estadía en la mega ciudad. Armando, que así se llama ese ángel fumador, averiguó por teléfono dónde quedaba exactamente el hotel que yo había reservado; nos ubicó un taxi del aeropuerto pagando en pesos mexicanos la suma previamente acordada y, de paso, se aseguró a viva voz que íbamos a llamarlo por teléfono en cuanto llegáramos a la habitación. No fuera a ser que el taxista creyera que esta señora y su menor hija no tenían quien les escribiera o quien las esperara, en este caso.
De piedra (no) ha de ser la cama…
Al hotel llegamos con un cansancio tan agudo como el frío de la madrugada chilanga, pero una vez allí nos hicieron sentir la calidez y la hospitalidad de un hostal pequeñito pero cumplidor donde una recepción decorada con buen gusto y mejor sonrisa nos daba la bienvenida. Eso era apenas un abreboca, porque al llegar a la habitación siguieron las sorpresas. Colores claros, luz tenue y detalles de diseño vanguardista fueron el marco perfecto para esas horas de descanso reparador que pedía a gritos nuestro cuerpo.
Al día siguiente encontré en la habitación un hermosísimo libro con fotografías a todo color sobre México, sus bellezas naturales y construidas. Toda una invitación a recorrer calles, avenidas y monumentos. No hacía falta nada más para salir al encuentro de la ciudad y así lo hicimos, rumbo al Auditorio Nacional desde donde parte una ruta de autobuses turísticos de dos pisos que recorre la ciudad, deteniéndose en los edificios, plazas y parques más emblemáticos. Hasta ahora nada del smog, ese demonio contemporáneo que siempre acompaña a cualquier comentario sobre el DF. Pensé que como los niños estaban de vacaciones el tráfico y el humo habían disminuido notablemente, igual que en Caracas para estas fechas. Al día siguiente, Armando me comentó que además de esa razón hay otras que han influido positivamente en la disminución de la contaminación: “el Estado tiene un control fuerte sobre los automóviles: revisiones periódicas de los motores, filtros y emisión de gases tóxicos de acuerdo a los años que tenga el vehículo; además, el día de parada está vigente: los carros con más de 5 años tienen dos días de parada a la semana”. Los efectos de una política coherente en este sentido se sienten, el parque automotor es bastante nuevo.
Pero volvamos al “Turibus”, que así se llama el autobús de dos pisos -sin techo en el segundo nivel donde se disponen los asientos para disfrutar de un paseo al aperto-, un vehículo ideal para transitar esta enorme ciudad y empezar a entenderla desde un poquito más arriba que la vista del peatón y del conductor de un carro o de un taxi. El trayecto va acompañado de un sonido en varios idiomas que cuenta anécdotas y aporta datos sobre los sitios de mayor interés. El clima es maravilloso: una brisa fría acompaña al dios sol bajo un cielo de un azul tan intenso como el que tiñe las paredes de la casa de Frida Kahlo. Cuando habíamos recorrido apenas unas cuadras Alejandra me comenta: “Mami, no sé para dónde ver, hay demasiadas cosas bonitas”. Una verdad del tamaño de cualquiera de los templos que se levantan a lo largo y ancho de la ciudad, o del Paseo de la Reforma, una avenida majestuosa que me hizo recordar a Madrid por lo amplio de sus canales y lo imponente de los monumentos que la acompañan. A todo lo largo del Paseo y sobre la generosa acera, se encuentra una exposición de artistas plásticos que tuvieron la tarea de crear una serie de bancos para hacer más divertida la ruta de los peatones. Madera, plástico, acero, aluminio y hierro con toda la plasticidad que los caracteriza, dieron forma a decenas de diseños de variadas formas y colores. Niños y adultos se sientan en ellos, se ríen, conversan, se toman fotos; una pareja se besa debajo de un manojo de cartas que hace las veces de respaldo metálico, el amor es la apuesta.
Esta ciudad tiene siete siglos de historia superpuesta: desde antes que llegaran los españoles y construyeran a sangre y fuego una ciudad colonial sobre la Tenochtitlán existente, hasta ahora, cuando se funden presente y pasado para dar vida a una ciudad única; aunque su crecimiento desmedido y en parte anárquico no dista mucho del resto de las ciudades latinoamericanas. De una calle a la otra se pasa de un barrio popular a otro de clase media o alta; de la Zona Rosa y sus sofisticadas boutiques a un mercado de libros que cobijan unos toldos de lona verde; de una zona más o menos segura a otra peligrosa. Las grandes zonas en que está dividida la ciudad se llaman colonias y algunas como La Condesa tienen un origen ciertamente divertido. Cuenta la leyenda que en esa zona vivía una Condesa -he ahí la razón de su nombre- pero con la llegada de la revolución y la persecución de todo el que tuviera un título nobiliario, esta señora desapareció sin dejar rastro ni descendencia alguna. Es más, hoy no queda siquiera un habitante de la ciudad que lleve el apellido de quien fuera habitante ilustre de la ciudad, pero una de sus colonias lleva el nombre de La Condesa. En contraste, los nombres de sus calles son de lo más autóctono: Michoacán, Mazatlán, Acapulco, Veracruz, Guadalajara, Sinaloa, Tampico y un largo etcétera con sabor al interior mexicano.
En esta ciudad mágica calles con nombres del antiguo imperio del pensamiento, como Plinio, Cicerón, Sófocles, Platón y Séneca te conducen hasta las vitrinas de los nuevos templos del hedonismo para aplastar allí la nariz y dejar la huella de tu aliento, cuando no de tu bolsillo, Vuitton, Zegna, Chanel, Tiffany, Bulgari y pare de contar, pero no gastar o de soñar. Los hoteles 5 estrellas que ostentan fachadas de vidrio estilo internacional se elevan sobre la avenida Andrés Bello. Armonía de brillo y confort sobre un representante de lujo de nuestro idioma. En las calles que rodean el casco histórico, abundan los nombres heredados de antiguos conquistadores y fechas patrias: Vizcaínas, Isabel la Católica, San Jerónimo, Ayuntamiento, 20 de noviembre, 5 de mayo y en un arranque de latino-americanismo aparecen calles con nombres de nuestros países. Tanto orden y concierto me hace recordar con una sonrisa a nuestra urbanización Las Mercedes, único sitio del mundo donde el Orinoco se une con París y New York.
Capítulo aparte merece la cantidad y calidad de monumentos, fuentes y esculturas que embellecen las vías más importantes de la ciudad: una réplica menor de la famosa “Cibeles madrileña”; el monumento a la independencia, cuya columna de piedra es coronada por un ángel de dorado brillante recién restaurado; una estatua de Colón que no ha sufrido los embates de los nuevos “indigenistas” y una hermosa escultura de Diana la cazadora, que esplende orgullosa toda la voluptuosidad femenina que en tiempos pacatos -pero no tan remotos- le fue arrebatada colocándole una falsa faldita sobre la desnudez de su bronce. Menos mal que la cordura de algún gobernante y el respeto por la obra del escultor, la devolvieron a su expresión original.
Por supuesto, llegar al Zócalo -esa plaza monumental- y verla rodeada de la majestuosidad de la catedral y del bullicio de un mercado de artesanos llena de brillo mis ojos incrédulos. El sol azteca se estrella contra el barroco de la fachada de la iglesia como hace varios siglos lo hicieran los guerreros indígenas contra la lanza española. Una gran bandera tricolor ondea frente a una piñata enorme de amarillo brillante y azul turquesa, en claro contraste con la rigurosidad de un edificio de fachada interminable: la antigua sede del gobierno. Aquí no hay espacio para el sosiego. Todo es fuerza telúrica y contagiosa. Lo mismo grita el pregonero ofreciendo estampitas de la Virgen de Guadalupe, que el artesano con sombrero charro voceando su mercancía hecha a mano. Lo mismo agita un “papalote” aquel niñito sonriente de pelo negro azabache y mejillas rebosantes de color, que el vendedor de la lotería nacional. Unos parlantes aumentan el volumen de la protesta de quienes llevan varios días acampando para ser oídos por sus gobernantes.
Un alto en el camino para saciar el hambre se puede hacer en cualquier parte, con la seguridad de darle contento al cuerpo y al espíritu. Desde unas humeantes tostadas, una deliciosa sopa de queso, aguacate y jitomate hasta unas enchiladas verdes. La fiesta de colores, olores y sabores se crece con el picante. Hasta el algodón de azúcar derrocha colorido. ¡Quién dijo blanco! si el azúcar hecha agua en la boca, en México es aguamarina, rosado, morado y naranja.
Si el volumen de emociones es altísimo en el Zócalo, el silencio que envuelve al Museo Nacional de Antropología es sobrecogedor. La historia de la humanidad volcada en sus salas nos hace viajar por siglos y siglos en la vida del hombre. El recorrido comienza bajo una lluvia que envuelve una columna tallada de enormes proporciones. Nuevamente la modernidad conviviendo con el ayer. Espacios contemporáneos contienen un pasado remoto, con respeto, casi con devoción. Recuento para el extranjero, porque la tecla encendida de Carlos Fuentes en la voz de un personaje tan autóctono como resentido lo describe sin clemencia en el último de sus libros: “…Voy a los museos de México y recorro las salas de las culturas indígenas -mayas, olmecas, aztecas- maravillado del arte de mis antepasados. Pues allí quieren tenernos, señora, escondidos en los museos. Como estatuas de bronce en las avenidas. ¿Qué pasa si el rey Cuauhtémoc se baja de su pedestal en el Paseo reforma y camina entre la gente? Pues que le vuelven a quemar las patas…”
En el gran espacio central del museo, el viento y el sol viajan a su antojo. Hace falta dejarse llevar por la naturaleza para interiorizar algunos poemas tallados en piedra y traducidos de las lenguas indígenas a “la castilla” como este de Los Cantos de Huexotzingo:
“¿Sólo así he de irme?
¿Cómo las flores que perecieron?
¿Nada quedará en mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!”
Afortunadamente, este museo de la historia del hombre en general y de la de México en particular, conserva sus flores y enaltece sus cantos. ¡Que así siga siendo!
Al salir del museo y en pleno parque de Chapultepec otro rito ancestral cobra vida: 4 hombres escalan una columna azul metálico de muchos metros de altura para rendir culto a los cuatro puntos cardinales. Cuando llegan a la cima del gran tubo anclado en el suelo, van descolgándose poco a poco. No es un capricho el número de vueltas, ni el tiempo empleado en hacerlas, todo responde a un ritual, a un culto, a una certeza ancestral. La madre naturaleza es sabia, rige la lluvia, la sequía, el viento; por lo tanto aplaca el hambre y el frío y esos hombres en su afán de atesorar la tradición, vencen el vértigo, retan al miedo, dejan que su vida penda –literalmente– de un hilo. Abajo, los más pequeños juegan con pompas gigantes de jabón, comen obleas de colores, apuran un refresco que acompaña a una hamburguesa con chile. Otro niño, que apenas cruza el umbral de su adolescencia, empuña un aerosol y le tiñe el pelo de plateado a Alejandra, que se deja hacer, fascinada por esa mezcla inefable de presente y tradición.
En la periferia del DF está Coyoacán, Villa de México, lugar donde fijara su residencia Hernán Cortés mientras sitiaba Tenochtitlán. Hoy es una zona amable de calles estrellas, casas coloridas y ambiente bohemio. Allí se encuentra la “Casa Azul”, Museo de Frida Kahlo donde ella nació y murió.
En esta casa construida por sus padres a principios de siglo se despliega una pequeña muestra de su obra pictórica; el resto, se encuentra disperso en varios museos alrededor del mundo.
Salpicada de enseres personales la Casa Azul atesora –a pesar del tiempo– mucho de la esencia de esa vida corta pero intensa llena de dolor físico y plenitud creativa. Sus paredes albergan no sólo cuadros, sino objetos y muebles que nos cuentan mucho de sus antiguos habitantes. Un pincel sin limpiar deja una huella roja sobre la mesa; una biblioteca con puertas de vidrio trasluce su amor por los libros; varias piezas de cerámica, amuletos y otros objetos se agolpan en las estanterías de madera teñida de amarillo. A ratos teatral, a ratos nostálgica, deja una huella indeleble en quienes admiramos ese trabajo incansable que soportó el dolor y exorcizó los fantasmas de los celos, la envidia y el insatisfecho deseo de maternidad.
“…Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera lápiz en mano,
Dibuja a Frida Kahlo desnuda…” (Joaquín Sabina)
Pero es imperdonable viajar al DF y no visitar Teotihuacán. A escasas dos horas del ruido y el tráfico urbanos se yergue esta ciudadela construida hacia el año 750 de nuestra era. Llegó a tener más de 100.000 habitantes y ahora es un museo al aire libre.
Caminar por el callejón de los muertos bajo el sol ardiente y el viento seco, contemplar las pirámides de piedra ancestral y escalones interminables, nos llena de energía y de preguntas. Una botella helada de agua de jamaica, refresca con su aroma a flor silvestre la sed de la garganta y la inquietud de los sentidos. Un trazado geométrico une las pirámides del Sol y de la Luna a otras más pequeñas. Cada piedra lleva impresa la historia de una vida sacrificada en honor a los dioses, cada escalón está amalgamado con la sangre de los fieles, con la fe puesta en la lluvia que riega la siembra, en el sol que enaltece la vida, en los cuatro puntos cardinales; suerte de guía para estos hombres de ayer que construyeron con sus propias manos esta maravilla que siglos después se yergue orgullosa sobre la tierra árida y ocre.
En México conviven el chile y el ketchup; la ranchera amanerada de Juan Gabriel y los perros amores del Alejandro González Iñárritu; el chill out de los “antros de moda” y la nostalgia romanticona de la Plaza Garibaldi; los murales sociales de Rivera, Orozco y Siqueiros y los graffiti de los chavos que estudian en la universidad; los ojos enormes de María Bonita y los hoyuelos traviesos de Gael García Bernal; la estridencia de los colores de sus fachadas con el humo que despiden sus millones de vehículos.
En México DF, Babel contemporánea, siempre tienes un pie en el siglo XXI y el otro, apenas está cruzando el umbral de nuestra era.
Mitchele Vidal Castro